Entre gilipollas con pelas y moreno marbellí y gilipollas con músculos y ningún cerebro, las chicas de hoy en día procuran buscarse los llamados “Hombres de Transición”. Esto es, a grandes rasgos, la búsqueda de algún pobre necesitado que pillen por los alrededores, falto de amor, de cariño y de carne, para convertirlo en poco más que un consolador humano, en el más amplio sentido de la palabra.
¿Qué? ¿Ya oigo los gritos enfurecidos de “Cerdo Machista”, “Gusano reprimido”, etcétera, etcétera, etcétera?
Pos Fale. Pero el caso es que seguirá existiendo esta subespecie del género masculino en la que, reconozcámoslo, todos hemos estado incluidos en alguna que otra ocasión.
A ver, ser un Hombre de Transición no está tan mal, todo hay que decirlo. Te pones hasta arriba de hincar, al estilo chimpancé desaforado, con poca o nula implicación emocional. Ella, la que te ha adoptado entre gilipollas y gilipollas, nunca va a querer sacarte a la calle, y negará en redondo que te conoce; todo lo más, dirá en círculos muy privados que “sólo eres un amigo”. Un amigo con derecho a hincamiento, claro, aunque luego se encargue de desmentirlo públicamente. Todo está prefecto: hincas, tienes compañía, la palabra “amor” surge en raras ocasiones durante las pocas charlas que se producen, gastas pocas pelas porque ella se niega a aparecer contigo en lugares en donde coexistan seres humanos… Pero llega el momento en que, de repente, un sábado por la noche, cuando el resto de tus colegas está despendolado por las discotecas y pubes de la ciudad, te das cuenta de que tú está allí encerrado en casa, viendo algún programa infumable de Jose Luis Moreno, con ella encima después de haber hincado hasta la saciedad. Y te preguntas: ¿Qué coño hago yo aquí?
La respuesta obvia sería: hincar como un chimpancé desaforado.
Mas, oh, triste y mísera de vida, en ese instante descubres que tú también tienes tu corazoncito, que necesitas cariño y amor, y que la chica semidesnuda que te está aplastando el pecho no está nada dispuesta a dártelo. Es entonces cuando, armándote de valor, le plantas cara al asunto e intentas hacerla entrar en razón, llevarla a tu terreno para que vea que tú también eres un ser humano, aunque hinques como un chimpancé.
Craso error, amigo mío. Firmaste tu sentencia de muerte.
Porque, a partir de ahí, ella va a ver que la transición ha terminado, y que va siendo hora de comenzar la búsqueda del siguiente gilipollas. En el intervalo que va de un segundo a otro, la chica repasa mentalmente su lista de contactos mientras tú, ingenuo y todavía semidesnudo, sueltas lagrimitas intentando apelar a su ternura y comprensión. Una imagen patética todo hay que decirlo. Ya está. Despídete de ella. Las llamadas al móvil irán desapareciendo, los mensajes se extinguirán, y tú no volverás a hincar hasta que vuelvas a toparte con otra joven, hastiada de una relación sin sentido con un gilipollas clase A, que decida que tú vas a ser su Hombre de Transición.
Esa es una opción, la otra es convertirte en un gilipollas. Aunque, ahora que lo pienso, ¿no lo somos todos los hombres?
Cuanta sabiduria en tus palabras
Hola, me llamo Pily!!
Ufffffff como esta el culebron del tete Manu e?¿
En fin un besito y buenas noches.
Pues bienvenida a la casa del Doctor Casa, Pily. Seguiremos rajando contra todo